No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento.
Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarla.
El miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro
miedo que se remonta a nuestro primer momento.
Nos repugna, es verdad, considerar al nacimiento una calamidad:
¿acaso no nos han inculcado que se trata del supremo bien y que lo
peor se sitúa al final, y no al principio, de nuestra carrera? Sin embargo,
el mal, el verdadero mal, está detrás, y no delante de nosotros.
Lo que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: Si tres cosas no
existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el
mundo… Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento,
fuente de todas las desgracias y de todos los desastres.
