Benjamín García

La mirada literaria de Benjamín García está rodeada de numerosos cuadros de la vida cotidiana. Una mirada que penetra en el detalle maestro de la desgracia, la fatiga y la frustración con las hechiceras palabras que sabe escogerlas como si lanzara un zapato al azar para después darles una jerarquía en el universo de lo fracturado. Maestro de literatura en la Facultad de Estudios Superiores -FES- Acatlán ha sabido, con gran pasión, entregarse a la tarea de seducir a muchos jóvenes a interesarse por escribir cuentos, poemas, historias. Un buen amigo que le gusta dar vueltas por ahí para examinar la belleza y la fealdad.

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La calle y el útero 1
Crónica desvencijada en fragmentos semanales

1

Yo vengo de la calle. Cuando tenía 8 o 9 años, desperté alrededor de las 8 de la mañana, no vi a mi madre. Mi hermana y yo estuvimos solos y hambrientos hasta el anochecer. Cuando mamá llegó, traía jamón, huevo, y una botella de Pepsi, de un litro. No tenía empleo. A principios de los 80 México, con Miguel de la Madrid, empezó a conocer lo que era la crisis. El poder adquisitivo de los obreros iba siendo erosionado. Le pregunté dónde había conseguido dinero. Su mirada llena de astucia, turbia: Tengo mis secretos. Días más tarde inquirió sobre sí yo realmente quería saber: Sí, respondí de inmediato.

Encargó a mi pequeña hermana con la vecina y nos fuimos. Pasamos la tarde de puerta en puerta: Una moneda para hacerle una misa de limosna a mi papá difunto (decía yo); para mi esposo muerto (decía ella). Nos iba bien. La primera Navidad que pedí dinero, pude comprar la colección de muñecos de He-Man.

Mamá no me pedía ni un peso de lo que yo obtenía. Era una época sin narco violencia ni ultrapederastia. Ella escogía un lado de la acera y yo el otro. Nos buscábamos después. A veces competíamos por ver quién juntaba más dinero. Por al menos 10 o 15 años nos mantuvimos así.

2

Mis primeros viajes en el metro ocurrieron en mi infancia. Mi familia provenía del Estado de México, de Tlalnepantla. Íbamos al Centro para conseguir telas, velas, colchas, ropa, zapatos; objetos que mi abuela vendía en abonos. Desde entonces me capturó el vaivén del llamado «gusano naranja». Interminables rostros: niños, adolescentes, jóvenes, adultos, viejos; parejas, familias, secundarianos de pinta, militares de faces impasibles; un cruce de vidas, líneas, historias y tiempos.

En los 80 los pasillos estaban convertidos en una multitud de tianguis. Puestos de comida, dulces, juguetes, baratijas. También artistas. Recuerdo a un hombre grande y gordo que se valía de una voz grande y gorda para irrumpir en el vagón con su estentóreo: «hermano lobo».

De pronto, un día, ya no vi puestos en los pasillos del metro, ni músicos en sus vagones. Por algunos años no vi más ambulantaje, aunque tampoco era yo un usuario frecuente, pero en mis escasos recorridos dejé de verlos.

Ello no obstó en mi admiración por el metro. A los quince años conseguí un trabajo de mensajero para un despacho contable. Recorría todas las líneas. En cada transborde me enamoraba de alguna chica, ya lacia, ya china; ya morena, ya rubia. Los vendedores volvieron, ya no con su tianguis en los pasillos, sino repletos de productos chinos. Volvieron los músicos con la invariable «Historia de un minuto»: Ella convirtió la noche en un poema de amor, luego el tiempo habló, no todo fue tan bello, no, no. Ella se marchó dejando una carta en el buró. La emblemática «No tengo tiempo»: cabalgo sobre sueños innecesarios y rotos, prisionero iluso de esta selva cotidiana.

Los veía embelesado, quería saber su historia, conocer como habían llegado ahí, por qué decidían ejecutar sobre el piso de un vagón y no en otro espacio. No sabía entonces que unos años después conocería a Gonzalo Zetina, mi Virgilio en la vida bajo tierra.

3

En 1997 ingresé a la Escuela Nacional de Estudios Profesionales (hoy Facultad de Estudios Superiores) Acatlán. Provenía de una familia pobre, una tía auguraba que ni siquiera acabaría la secundaria. convertirme en universitario parecía darme las claves para el desarrollo profesional prometedor. No sabía que mi elección había sido un tanto equívoca.

Escogí estudiar periodismo por un criterio económico. Sentía deseos de estudiar literatura o filosofía, pero el padre de mi entonces novia, me hizo ver que en la literatura había una mafia llamada Octavio Paz, que como un Dios dictaba el destino de los aspirantes a escritores y que por lo tanto era más sensato estudiar algo productivo y escribir en los ratos libres. 

Romántico como tantos, me había cruzado la idea de ser corresponsal de guerra. Pensé que el periodismo era una actividad lucrativa y que finalmente tenía algo que ver con escribir. Así encontré a Gonzalo, Chalo. Hijo de una familia de clase media, a los once años, asistió a un concierto de jazz. Salió del lugar determinado a convertirse en músico de jazz. Pidió a sus padres que le compraran un bajo eléctrico, no sabía tocarlo, pero eso no era impedimento. Se dirigió a la Escuela Superior de Música. Lleno de la convicción de sus sueños declaró: Quiero aprender jazz. Faltaban algunos años para que se abriera la Licenciatura en jazz. Le dijeron que se inscribiera en Violoncello y listo, algún día tocaría jazz. Dos años más tarde, con un buen conocimiento del solfeo, de la armonía clásica, y con muy poca ejecución de Violoncello, porque no podía comprarse uno, mando la escuela al diablo. Se juntó con cuanta banda de rock halló a su paso. Al finalizar la preparatoria, por razones similares a las mías, escogió estudiar periodismo.

Los dos advenedizos nos encontramos en Acatlán. Cuando terminamos la carrera nos hallamos con que no había trabajo. Apenas y algunas colaboraciones en Excélsior y en la revista Vértigo. Con el triunfo del panista Vicente Fox, la publicidad estatal priísta se retiro de los medios, muchas publicaciones cerraron. Se podía ingresar com facilidad a cualquier medio, con la condición de trabajar sin pago alguno durante un tiempo indefinido, el tiempo es un cáncer incurable, lo sabíamos, la palabra indefinido sonaba como el cristal opaco de la última sílaba de la palabra eternidad.

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