Desde que somos pequeños y aprendemos a leer a edad temprana, entre los 4 y 5 años, nos enfrentamos a un mundo extraño y fascinante: qué dice ahí. Estaba frente a nuestros ojos el mundo cotidiano, la merienda, la televisión, el vecino con un juguete nuevo. En fin, un sinnúmero de distracciones vulgares frente al privilegio, casi de suerte divina, que significaba la lectura, no de los grandes libros, sino de aquellas historias de mitos para niños. Con el paso de los años aprendimos que la lectura es un placer, un modo de entrar al imperio de la imaginación y, lo mejor de todo, gratuitamente. “Lo esencial es invisible a los ojos dice el Principito. En fin, les dejo este breve apunte de un poeta español de la generación del 27, sobre este tema tan espectacular y esencial para la vida humana que es la lectura.
Luis Tizcareño
Octubre 2026
Pedro Salinas
Leedores y lectores[1]
La galería de leedores es copiosa. El estudiante que se desoja en vísperas de examen sobre el libro de texto; el profesor que trasnocha entre tratados, acopiando datos para su lección; la matrona que, parada junto al fogón, recita en voz alta las instrucciones coquinarias que conducen al suculento plato; el funcionario en retiro que demanda a las páginas del libro la mejor manera de invertir sus ahorros; o la dama, muy cursada ya en la treintena, que se retira al secreto de su tocador y corre renglón tras renglón en procura de experimentados avisos que la devuelvan sus gracias fugitivas; todos ellos —y mil más no pasan de leedores.

Leedor, también, el que emplea su tiempo en los diarios. Coinciden en eso el escandinavo y el chino. El uno, Georg Brandes, asevera que de cien personas que saben leer, noventa no suelen leer más que diarios, lo cual exige escaso esfuerzo. Y el otro, americanizado de la China, Lin Yu Tang, dice: «Yo no llamo lectura, en absoluto, a la enorme cantidad de tiempo que se gasta en leer periódicos.» En la escala de los que recorren con los ojos un papel impreso, el personaje inferior es uno, regalo de nuestros días a la infinita variedad de lo humano, el leedor, o «el vista» de muñequitos. Inmerso, complacido hasta el arrobo, en las delicias de recorrer cuadro por cuadro, escena por escena, sin perderse una, los trabajos de Maggie o las hazañas del Superhombre, sus ojos avanzan por un medio mixto, parte imágenes mal trazadas, pintarrajeadas de colores groseros, parte palabras; éstas, no muchas, van encerradas en unos globitos que les salen a los personajes de la boca, y por su vacuidad sirven de adecuado sustituto al aire vano que contienen los globos de veras. El veedor o el leedor de semejante cosa recuerda al anfibio, que entra y sale de lo leído, insignificante, a lo visto, vulgarísimo, sin saber nunca a derechas por dónde se anda. ¿Mira, lee, promiscua? Pero atrevido sería decir de estos ciudadanos, doblados, regocijados, sobre el papel, que están leyendo. Ni siquiera rozan por lo bajo los cielos y lectura a donde se transporta el lector de verdad, ya que las actividades superiores del alma no asisten, están de sobra, en esta jenízara operación visual. Comparo al aficionado a los muñequitos al denodado masticante de chicle, por cuanto ambos no ahorran esfuerzo ni tiempo en sendas operaciones que parecen las dos dirigidas al noble menester de la nutrición, ya corporal, ya del espíritu; cuando en realidad nada de provecho pasa al estómago del uno ni a la cabeza del otro, y los dos se hermanan en su posible comparanza con el desdichado animal que voltea y voltea la noria, sin que se le importe que el pozo esté seco. Frente a estas legiones, en escasa minoría, los lectores. Se define el lector simplemente: el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse con él horas y horas, lo mismo que se quedaría con la amada; por recreo de pasarse las tardes sintiendo correr, acompasados, los versos del libro, y las ondas del río en cuya margen se recuesta. Ningún ánimo, en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia material, ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la social escala, nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo.

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