Algunas breves reflexiones sobre el poema Blanco de Octavio Paz, Luis Tizcareño.

Algunos dicen, desde una mirada historicista, que los temas de mayor trascendencia para la poesía, desde tiempos remotos hasta el presente, tienen como fuente sustancial la experiencia humana en el diario acontecer. Sin duda, pero la poesía también se va bordando a la luz de un hilo conductor que teje el mundo de lo sensible y el del intelecto, según los acontecimientos relacionados con el amor, el tiempo, el destino, el existir y la muerte, siempre en función de que la palabra signifique la construcción del hombre, el conocimiento, la revelación del ser, la comunión con uno mismo y con el mundo. Además, se teje y se desteje la búsqueda de lenguajes poéticos y todo aquello que revele y alteren la realidad verbal.

La poesía tiene un lugar muy especial en la existencia humana, en tanto que invita al reconocimiento del ser en el mundo, como se sugiere en Homero, Virgilio, Sor Juana, hasta llegar a nuestra actualidad en poetas como Baudelaire, Borges, Elizabeth Bishop, entre tantos más, contando al mismo Octavio Paz. En decir, la vivencia escritural imbrica en sí un hecho tan cotidiano como ontológico. Por ello, escribir un poema, como el caso de Blanco desde la concepción budista frente a la tradición occidental, implica una experiencia de vida que quiere comunicar el sentir profundo del ser o como sugiere el poeta Paz, del ser amoroso que se reconoce y se pierde en el otro a un mismo tiempo.

En la lectura de este poema interviene la experiencia amorosa del poeta, pero más allá de esto hay una compartida experiencia nítida dada por la palabra. Ésta es la razón por la que Paz intenta entrar es esa dimensión persuasiva. En realidad, invita a un saber que se manifiesta y se declara bajo la poética del ser y sus leyes puestas en la palabra; es un saber que va creando sus propias formas de existencia y por ello el poeta acude a la retórica para recrear y revelar con nuevos argumentos sobre aquello que parecía oculto, pero que también puede ser mostrado con sus posibles significados. La poesía se construye de palabras que fundamentan el ser del poema. Lo importante ahora es sacar a la luz la experimentación retórica en la poética de Blanco de Octavio Paz, desde la perspectiva de la vacuidad del budismo mahayana y que tiene como punto de partida el mandala como modo de experiencia espiritual y de conocimiento.

La palabra es materia viva en el poema y tiende a rebasar toda regla de funcionalidad gramatical en la escritura. Siempre va más allá, por ello, a un mismo tiempo, está la presencia de la tradición de nuestra poesía y el experimento verbal desde otra tradición de pensamiento poético: la oriental. No obstante, según la regla de opuestos, se complementan en el discurso literario y conforman una totalidad unitaria hacia la trascendencia. Por ejemplo, para Octavio Paz, palabra y silencio son sustancia vital para la creación del poema y conforman una conjunción que busca la libertad emocional y la mirada racional del hombre. La oralidad y la palabra escrita son dos visiones del mundo y una doble circunstancia para darle unidad a la verdad humana. Juan Arnau en su libro: La palabra frente al vacío, en el capítulo sobre la vacuidad dice:

 

Nagarjuna descubre la palabra y la arroja al centro de la escena, la convierte en estrella de toda una constelación de conceptos. Pero veamos cómo ocurre esto. Sabemos que sünyata es una palabra vieja que acaba tomando, inesperadamente, un lugar central en el pensamiento del mahayana; la razón: el curso que habían seguido las ideas budistas hasta ese momento. Su aparición en escena se produce gracias a toda una serie de causas y condiciones y de tales circunstancias vamos a habla ahora. La palabra «vacuidad» aparece en varios lugares de la literatura de los nikaya y los agama. En esos textos sirve para designa, por ejemplo: 1) estadios avanzados de la meditación; 2) la no existencia del yo (atman); o 3) la ausencia de elementos distorsionadores (klesa) como el odio, la ignorancia y la codicia en el estado de nirvana. Más adelante una literatura posterior, la de la prajñaparamita, haciendo uso de un discurso propenso a la paradoja, describe la vacuidad como la verdadera naturaleza de todo lo existente, de todos los seres, de to das las conciencias, de todos los pensamientos

 

Desde esta perspectiva, escribir el poema Blanco para Octavio Paz implica una doble circunstancia, por una parte, lo motivaban impulsos contrarios que luchan entre el penetrar y el huir de sí mismo, y por otra, la escritura como un acto de comunión con lo otro y así, encontrar en ese otro, la parte que nos hace falta para lograr la completud existencial. Paz ha dicho que en este poema desea detener el instante y, a la vez, preservar a la persona amada. El instante visto como una fusión temporal entre una sucesión de hechos y procesos sucedidos a través del tiempo y la coincidencia de fenómenos o procesos dados en el tiempo.

Este modo de asumir el acto de escribir poesía Paz lo declara en el prólogo a Excursiones/incursiones, donde dice: “La obra de un escritor no consiste solamente en lo que dice, sino que abarca esa zona no dicha desde la que escribe. Lo no dicho es una zona invisible como la mitad sumergida del iceberg y está hecha de lo vivido y lo pensado, lo leído y lo olvidado”.[1] Como puede observarse, en la cita están vinculadas esas aparentes o no contradicciones y paradojas que le dan sustento a la poesía. En los primeros de Blanco leemos lo siguiente:

 

el comienzo

el cimiento

la simiente

latente

la palabra en la punta de la lengua

inaudita                                inaudible

impar

grávida                                         nula

sin edad

la enterrada con los ojos abiertos

inocente                      promiscua

la palabra

sin nombre                 sin habla

 

El poema presenta en estas palabras iniciales: “comienzo”, “cimiento”, “simiente”, “palabra”, el origen, el sustento de la vacuidad: “el cimiento”. Así se puede observar la fertilidad, la palabra es también impulso vital “la simiente”. También encierra la idea de la fecundidad en la semilla “latente”. La palabra deambula quiere salir, está en la punta de la lengua; paradójicamente es “inaudita” e “inaudible”. La palabra es un comienzo iniciático, un viaje cuyo recorrido pasa de su estado de latencia a otro de fertilidad, la semilla al fecundar busca la unión con el otro: acto amoroso de copulación a través de la realidad verbal.

 

 

 

     [1] Octavio Paz. Obras completas. T. II. Excursiones/incursiones. México: FCE, 2014, p. 15.

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