La poética de una soledad en la grandeza

Garcilaso de la Vega

Soneto I

Cuando me paro a contemplar mi ‘stado

y a ver los pasos por do m’han traído,

hallo, según por do anduve perdido,

que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino ‘stó olvidado,

a tanto mal no sé por do he venido;

sé que me acabo, y más he yo sentido

ver acabar conmigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte

a quien sabrá perderme y acabarme

si quisiere, y aún sabrá querello;

que pues mi voluntad puede matarme,

la suya, que no es tanto de mi parte,

pudiendo, ¿qué hará sino hacello?

La poética de una soledad en la grandeza

“En el ábito del cuerpo tuvo justa proporción, porque fue más grande que mediano, respondiendo los lineamentos i compostura a la grandeza”. Éstas son las palabras con las que, al parecer en un primer momento, el poeta español Fernando de Herrera define al mismísimo Garcilaso de la Vega, el admirado y, a la vez, un hombre difícil de caracterizar y de fijar íntimamente en unos cuantos conceptos. Incluso, hoy en día, todavía se nos escapa su fecha real de nacimiento.

De Garcilaso de la Vega se dice que nació en Toledo, el año ca. 1501 y falleció en octubre de 1536, sin embargo, esto ha generado diversas discusiones que por hoy dejamos en paz. Mejor pensar que más allá de fechas inciertas es necesario saber que este poeta representa literariamente al amante dolido, al cortesano enviado a la soledad del destierro, al hombre elegido por el destino como dueño del don de la palabra amorosa, pero también paradójicamente es el desafortunado en amores que encuentra el sumo placer del refinamiento en valor poético y, sin duda, es el hombre que desea darle sentido a sus heridas emocionales mediante la poesía, porque es su modo de habitar el mundo real. Por ello, en lo cotidiano Garcilaso es el poeta que anhela disfrutar de cierta tranquilidad, abandonar el alma atormentada, ya sea por el amor imposible de la mujer que tiene un contoneo que lo apasiona y se llama Isabel Freire; pero también él tiene sus pasiones hacia otras damas cortesanas. Así que, además de la guerra, cuando puede, se encierra en el estudio a contemplar su estado de tristeza. Es, Garcilaso, un digno representante del tópico amoroso clásico. El inicio del Renacimiento significa para él un momento histórico de gran intensidad y se introduce en la tradición de los saberes griegos y latinos que sigue paso a paso. Es el visionario del verso que encanta con su musicalidad. Algunos de sus seguidores han manifestado que Garcilaso representa al perfecto cortesano renacentista del que hablaba Baltasar de Castiglione, por el hecho de conjugar en su persona uno de los actos cortesanos más codiciados, de acuerdo con su estamento, es decir: ejercitar el oficio de las armas y las letras.

En consecuencia, en lo referente al “Soneto I”, del cual hay “….una primera fase de difusión, caracterizada por la impresión conjunta de las Obras de Boscán y Garcilaso, tal como lo recoge la edición princeps, que se extenderá desde 1543 hasta 1569”, hoy sabemos que es un poema de indudable valor por la reflexión existencial que realiza el poeta toledano en estos catorce versos. Sin duda, Garcilaso nos ofrece en algunos momentos de su poesía un acercamiento a Petrarca, puesto que no podemos olvidar aquel famoso soneto CCXCVIII: “Quand’io mi volgo in dietro a mirar gli’anni”, donde se lee: “Cuando me vuelvo a contemplar los años / que huyen en mis pensamientos esparcidos, /y el fuego en que ardí helándome ya se ha apagado, / y se acabó el reposo de todos mis afanes”. Son versos de una enorme introspección lírica. No obstante, más allá de la influencia sustancial del poeta italiano, Garcilaso en su soneto muestra una voz distinta, revive su desesperanza para luego sentirse cada vez más de cerca de su amada Isabel Freire, la mujer que ama y a través del poema, expresa el poeta su modo de ser contingente y falsamente esperanzado, pero ella no puede estar con él, ha contraído nupcias.

En el primer cuarteto observamos al hombre que mira su pasado que, como su presente, ha sido doloroso y de un modo contemplativo alude que no ha podido dejar atrás ese dolor profundo del alma, así que, al parecer, va más lejos y de la peor manera. Posiblemente, lo que ha sucedido en esos desencuentros emocionales del poeta, aproximadamente entre 1530 y 1532, sea el momento de una primera ruptura amorosa, hay un alejamiento hacia doña Isabel que ya tiene marido. Por lo tanto, años transcurren en los que el desánimo amoroso lo lleva a sentirse perdido y no lo consuelan ni las amantes furtivas ni las glorias bélicas ni los fracasos de las batallas familiares.

En consecuencia, en el segundo cuarteto el conflicto conduce al discurso poético justo a esa dimensión creativa del desencuentro consigo mismo, esto es, la pérdida del camino, metáfora de la vida en sí y de lo incierto de no saber cómo se ha llegado hasta ese momento. Entonces aparecen las formas verbales ‘acabo’ y ‘acabar’, expresiones de un paralelismo sinonímico que conllevan al poeta a pensar en la muerte emocional.

En la resolución de los tercetos, el poeta vuelve a la imagen del primer cuarteto: la contemplación de su existencia. Él sabe que se entregó sin arte, es decir, sin falla, a crear una lengua poética y utilizar formas arcaizantes como ‘querello’ y ‘hacello’ para enfatizar aquello que parece imposible. El poeta se encuentra tendido en su propia realidad ineludible. La poesía siempre fija los acontecimientos descomunales y Garcilaso solo, contempla la fatalidad de su destino.

Luis Tizcareño. Yo invento. Amor escribe, el tiempo lima.

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