Por Humberto Acevedo Cortez.
Cuando yo leí por primera vez Rayuela, fue una lectura bastante accidentada porque tenía veinte tres años, estaba la guerra civil en El Salvador muy dura y fue una lectura incompleta; no la voy a tomar en cuenta. Pero la segunda lectura la hice en México en 1982 con la ayuda de mi amigo Salomón Chamorro, un actor salvadoreño, mucho más avezado en el tema de Rayuela y recuerdo una frase que arraigó fuertemente en mí: En París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor padecía y acataba la pérdida y el olvido. Fue una revelación como exiliado que me traspasó, una epifanía que cambió por completo la manera de vivir mi nueva vida. Curiosamente, mi primera lectura de Rayuela fue muy conservadora, de principio a fin, y después hice otras lecturas más experimentales como propone Cortázar
Rayuela me pareció difícil, una lectura desafiante en la que había que invertir mucha concentración, una lectura muy atenta o de lo contrario uno podía quedar colgado de la brocha cómo se dice en México es decir, no hay una base segura que sostenga al lector. Se dice en muchas ocasiones que Rayuela es una lectura excitante pero la verdad para mí no lo fue. Encontraba muchos riscos filosóficos, literarios, intelectuales que sin la ayuda de mi amigo Salomón hubiera sido una tarea imposible. No lo señalo como para desilusionar a nadie, así fue mi primera aproximación a Rayuela. Se volvió más interesante cuando utilicé el tablero narrativo que sugiere dos variaciones de lectura y con el antecedente de haberla leído de la mano de mi amigo pude disfrutarla y encontrar muchas cosas que le dieron sentido y vida a la lectura.
Los personajes de Rayuela se me hicieron muy entrañables, quizás fueron el asidero para continuar navegando en este mar picado de la novela: Horacio y su “kibutz del deseo” enrevesado en su mundo existencial y que finalmente no se sabe si se suicidó o se volvió loco. Morelli el escritor del Club Serpiente, Talita, Pola, Babs, Ossip Gregorovius, etc. y la estrella de la novela, Lucía, La Maga. Un personaje en el que encontramos dos personalidades: Lucía, la mujer que juega a ser amante, madre soltera, la tierna mujer de Horacio en París; la mujer de veintitantos años proveniente de una familia típica uruguaya de clase media y por otro lado, una mujer sin muchos brillos, que es ridiculizada por su falta de educación, adusta y tras la repentina muerte de su hijo, La Maga desaparece. Su destino, al igual que el de Horacio, es incierto.

Edith Aron era el nombre propio de La Maga, quien inspiró al argentino el personaje Lucía, La Maga. En una ocasión se vieron desde lejos a bordo de un barco que hacía un viaje entre Buenos Aires y Europa, 13 años antes de la publicación del libro y se volvieron a reencontrar tiempo después en una librería parisina.
Yo estaba en tercera clase -dijo refiriéndose al viaje en barco-, no pasaba nada demasiado interesante y, de pronto, vi a un muchacho tocar tangos en el piano. Una chica italiana con la que compartía la cabina me dijo que me miraba y que, como era tan lindo, por qué no iba a invitarlo a nuestra mesa. Pero estábamos sentadas con gente muy rara, el mozo era muy viejo y no me animé.
En París, entrando en una librería, Edith vio una cara conocida. Cortázar me reconoció también, e intercambiamos unas palabras. Nos volvimos a cruzar en el cine, viendo Juana de Arco. Luego, en los Jardines de Luxemburgo. El estaba muy influido por los surrealistas, que creían que las coincidencias eran algo importante, así que me invitó a tomar algo, me leyó un poemita y hablamos de amigos comunes en Buenos Aires.
La Maga había nacido el 4 de septiembre de 1923 en Hamburgo en el seno de una familia judía y había emigrado hacia Argentina poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Edith Aron tradujo al alemán las novelas, cuentos y poemas de Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar entre otros. Residía en El barrio londinense de St. John’s Wood.
Cortázar trabajaba en una exportadora de libros en la esquina de mi casa en París, y venía a verme para almorzar. Era muy entretenido. Por ejemplo, me decía que le hiciera una ensalada azul. Yo no tenía idea de qué era eso. Entonces él tomaba cualquier ensalada y la llenaba de estampillas azules. Hacía todo el tiempo ese tipo de juegos, en los que yo nunca me sentí a la par. ¡Me acomplejaba porque él sabía tanto y yo sabía tan poco! No me decidí a irme a vivir con él justamente porque quería estudiar. Además, sabía que él admiraba mucho a Aurora Bernárdez, que estaba en Buenos Aires
Al preguntarle, el entrevistador de LA NACIÓN, si estaba enamorada, Edith reconoció: no lo sabía. Cierta noche Cortázar me dijo que Aurora vendría a pasar fin de año a París, y me preguntó qué era más importante para mí, Navidad o Año Nuevo. No sé por qué le dije que Año Nuevo, que Navidad la iba a pasar con mi papá. Cuando nos volvimos a ver, él había pasado Navidad con Aurora y se había decidido por ella. Fue solo al perderlo que me di cuenta de que lo quería.

La Maga es el contrapunto de Oliveira y encarna la dimensión vital y emocional de la existencia. Es un personaje muy sensible e intuitivo, que no necesita racionalizar las cosas para vivir. Su presencia en la novela revela la tensión entre razón e intuición: mientras Oliveira busca explicaciones y teorías, ella simplemente vive. También simboliza lo femenino como fuerza vital, capaz de descubrir horizontes sensibles en la experiencia cotidiana. En la trama, es un personaje primordial que incluso es recordado cuando desaparece de la narración. Su espíritu es una marca en la existencia de Oliveira y también en el interés del lector como un personaje que representa el ímpetu de vivir en plenitud sin la necesidad de los recoveco de la intelectualidad. La Maga no es la mujer que deconstruye para teorizar y fundar pensamientos filosóficos; su manera de ser y estar en el mundo es en sí su respuesta a la existencia, una invitación a la experiencia empírica. En este sentido, representa la autenticidad frente a la racionalización excesiva, y su figura se convierte en un recordatorio de que la vida puede ser comprendida desde la naturalidad, la espontaneidad y no únicamente desde la razón.
La Maga de Julio Cortázar falleció el 25 de mayo del 2020 en Londres, a los 96 años. A pesar de no ser la gran cosa, como lo han dicho algunos críticos con respecto al personaje, Cortázar la embelleció, al grado que se convirtió en uno de los iconos del Boom literario. Sin embargo, Edith Aron, se desligó por completo de un personaje tan soso como la Maga. La musa de Lucía, Edith, no quiere saber nada de La Maga: Cortázar me traicionó. Me causó mucho daño. Yo traducía sus cuentos al alemán y de repente me dejaron de encargar sus traducciones. Muchos años después, al editarse las cartas entre él y su editor Paco Porrúa, entendí qué había pasado. Él me vetó, dijo que no estaba preparada. Me perjudicó mucho profesionalmente. Yo no soy la Maga. He escrito dos libros, he trabajado muchos años de traductora y de profesora. Hablo español, francés, alemán e inglés… Me confundió, al final, con el personaje.
Todas quieren ser la Maga, menos la Maga.

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