Esta piel es el encierro.

Elías Adbeel

ESTA PIEL ES EL ENCIERRO
I
estos cuerpos
cárceles de carne alrededor
de las horas que los vigilan

de los días que se estrangulan
unos a otros por el estrépito
—el hambre—
con que se suceden

II
esta piel es el encierro
este pensar interminable es el exilio
al que fui arrojado
desde el principio

qué orfandad amarga:
obstinado yo que me persigue y
se queda conmigo

inseparable
insoportablemente yo:
infame tierra baldía que me habita

VÍSPERA DE JÁNUCA


Libre de luz y ruidos insolentes
la noche despliega su capa
sobre horas en vela.
Todo allá afuera es negrura y temblor de hierba,
y las sombras inventan nuevos miedos
en los ojos de los niños.

SOLILOQUIO EN LAS ROCAS


Los hielos menguan.
El bourbon permanece.
El mundo acontece alrededor del vaso pero
también se renueva en cada sorbo.
Y este cling-clang cristalino
que se acomoda o se deshace
no es más que el frío soliloquio
de un trago que se extingue despacio.

“SHAKEY’S PIZZA”, 199?


Algo allá afuera sonaba como una lluvia, aunque no llovía. Una ligera pero constante lluvia; sin embargo, no llovía. Debe haber sido en algún lugar de mil novecientos noventa y tres. Todavía ofrecían pollo frito y patatas. No a la francesa. Si hubieran sido a la francesa hubiera dicho “papas”, no me preguntes por qué. Pero estaban cortadas en rodajas y parecían horneadas, y recordarlas así (incluso si no fueran realmente un recuerdo, pero tan sólo imaginarlas) me mueve a escribir “patatas” de forma casi predeterminada, no me preguntes por qué. Y no recuerdo haber probado en otro lugar una pizza tan perfecta como la que servían en ese modesto rincón de la ciudad.
¡Vendían cerveza! Cerveza servida en robustos vasos de vidrio. En ese momento yo no podía saberlo, pero lo sospechaba: traías arrastrando una resaca tan fatigada como la voz de mi mamá cuando decía tu nombre. Nadie debería de andar paseando esos mareos por la noche. La noche es el lugar donde apenas despierta una borrachera. Pero tú ya venías recorriendo el camino de regreso. A lo mejor por eso estabas hambriento. Aquella noche ni siquiera se me ocurrió, pero ahora me lo pregunto: ¿por qué no elegiste cenar tacos o pozole o algo con suficiente ardor para consumir tu malestar? Es posible que aun tus remordimientos se hubieran esfumado. Pero me llevaste a “Shake’s Pizza” porque en tu corazón sabías cuánto yo amaba ese lugar. Ordenamos pollo frito, la orden completa de patatas al horno y una pizza Hawaiana grande con camarones. ¡Yo adoraba la generosa cantidad de piña en cada rebanada! Hoy abundan cretinos que encuentran repulsivo agregar piña a una pizza. Hoy solamente encuentro repulsivo comer camarón.
Te trajeron uno de esos amplios tarros de cerveza clara y helada. Me enamoré de cómo el mundo lucía dorado a través de su cuerpo. Cómo las luces cambiaban de tono. Cómo la espuma coronaba el trago y el momento. En aquel tiempo yo no podía estar seguro, pero ahora pienso que no me habrías ofrecido un trago si hubieras estado completamente sobrio. Pero acepté y bebí, y lo hice como cualquier niño lo hubiera hecho: de prisa y sin cuidado. Con ambas manos llevé aquel enorme frasco hasta mi boca y casi de inmediato alcanzó mi esófago. Era un trago de fuego. Imaginé que bebía una líquida y espesa llamarada, y que podía guardarla dentro de mí como un joven dragón o una joven fogata, y soplarla sobre la tierra o en medio de la lluvia igual que Elías hizo caer la lumbre sobre su altar de piedras, pero mi altar era la noche misma y no era de piedras sino de horas, y yo exhalaría aquel fuego para dejar evidencia de que bebí contigo mi primer trago de cerveza aquella noche, en algún lugar de mil novecientos noventa y tres.

UN TRAGO


Me pregunto si tú también te pones creativo alrededor de un trago. En el principio escupiste sobre la tierra y desde el lodo nos formaste, pero… esa no es, precisamente, una bebida. Diría que es más o menos lo contrario.


¿Qué tomas, Señor, mientras sazonas el mar y ordenas a la luna remover con olas salvajes la mezcla salina? ¿Qué bebías aquella vez cuando, al acomodar las estrellas, tropezaste y quedaron regadas por todo el cielo negro?


Yo no dudo que tú puedas convertir el agua en vino, pero no suena como algo que tú harías. Va más contigo hacer crecer, desde las banquetas rotas o desde las manos de algún vagabundo, magueyes colosales que cubran de sombras toda la tarde. Y hacer destilar un torrencial diluvio de mezcal durante cuarenta días y cuarenta noches. Eso me suena más a ti. No lo sé. Me da por imaginar que cada madrugada, antes de que a lo lejos se adivine el alba, caminas hacia el lienzo vacío de un nuevo mundo y, con un vaso de barro en la mano, que contiene la miel fermentada de todas las alegrías de la Tierra, te dispones a inventar cielos nuevos.

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