Por Alejandro Silva Solís.
| Esos dos enmascarados. |
Maldito el que crea que esto es una reseña, pues lo que me interesa manifestar no es mi opinión sobre El cerebro de mi hermano, de Rafael Pérez Gay, sino que leerlo me ayudo a exorcizar el duelo por perder a un ser querido llamado Rafael, igual que el autor. El cerebro de mi hermano es un libro entrañable porque nos hace sentir, de manera vívida, el tortuoso sendero que los Pérez Gay recorrieron hacia la muerte del hermano mayor; y funciona como un homenaje que el menor tributa a José María y a la frágil telaraña de convivencia que sus vidas tejieron.
Yo pretendo lo mismo: agradecer a Rafael Romero el tiempo que le dedicó a mi hijo, escribiendo un texto híbrido, entre reseña y carta, acerca de un libro tan personal que permite identificarnos con lo narrado. Inicia el compás binario:
A Rafa le gustaba el Hombre Araña. Al pie de su cama hay un tapete oval con el rostro de este superhéroe que también aparece, acompañado de La Mole y Wolverine, en la cobija con que Rafa se cubrió cuando tuvo que acostarse en el sillón en un vano intento por aplacar el dolor que le impedía dormir. Quienes lo conocieron dicen que era muy sensible y que de joven ayudó a sus hermanas a salir con sus novios sin que su mamá se diera cuenta. Y me pregunto si esta predilección de Rafa por el personaje creado por Stan Lee y Steve Didko, en 1962, es un testimonio del adolescente justiciero que pervivió en el hombre de sesenta años que quiso tanto a mi hijo Orso. Hoy Orso tiene tres años y exclama “¡Estamos iguales!” cada vez que un helado, unas botas o una frase, dicha al alimón, lo emparenta con otra persona. Lo hace para aproximarse al otro, para fraternizar con él. Una razón análoga, me mueve a escribir este anfibio con el objetivo de acercarme al Rafa que no está, aprovechando las palabras de Rafael Pérez Gay para propiciar que Orso piense en su abuelo
México D. F., a 15 de julio de 2014
Rafael Romero Ramírez,
Presente,
Tienes razón, Rafa, al igual que José María Pérez Gay escribió cartas a su madre “en hojas azules cubiertas con una caligrafía finísima” espoleado por “un poco de remordimiento” durante los quince años que vivió en Alemania; borrajeo esta misiva con un dejo de pesar por no haber propiciado un encuentro antes de tu última canción, aunque fuera telefónico, entre tú y Orso.
Dos párrafos de El cerebro de mi hermano me recuerdan la relación entre ustedes, Rafa: “Mi hermano iba dos veces por semana a una alberca de Coyoacán y yo lo acompañé algún tiempo. Un entrenador lo llevaba en el agua, lo hacía flotar; sin el peso de su cuerpo, él podía caminar sin ayuda en el agua y gozaba mientras yo nadaba en un carril cercano. Fue la última vez que lo vi feliz. En algún momento del entrenamiento, yo me sumergía y buceaba, salía a la superficie justo frente a él y lo asustaba, luego le echaba agua a la cara y él reía como podía reírse, con sonidos guturales. Esto es lo que yo creo que es la hermandad: dos niños jugando a que son eternos” y éste: “Al final, algo del principio: ante el ataúd de mi hermano recordé que cuando yo tenía seis años y él veinte, montábamos un arte dramático en el cual él era el Santo y yo Blue Demon. En algún lugar siempre seremos esos dos enmascarados”.
Por supuesto, tú y Orso, no eran hermanos pero se correteaban, veían juguetes o buscaban varitas con el mismo júbilo. Y de manera similar que los Pérez Gay, ustedes convertían una cama o un pasillo en el cuadrilátero donde el Hombre Araña se enfrentaban contra los malos en una batalla en la que nunca perdía el arácnido, aunque terminara herido, pues le dabas golpes ligeros para enseñarlo a pelear.
“Qué rápido se fue ese hombre”, suspira mi esposa en la madrugada, pensando en ti. Y no miente, dos meses después de manifestarse, el cáncer de páncreas había tomado tu cuerpo convirtiéndote en otra persona. Tan distinta, que en las postreras ocasiones en que Orso te visitó prefirió jugar con la abuela. En cambio, tú no dejaste de preguntar por él ni de alegrarte cuando lo escuchabas.
“¿Así, de un plumazo, empezamos a ser nada, nadie, nunca?” se pregunta Rafael Pérez Gay en El cerebro de mi hermano al relatar la progresiva pérdida de las capacidades corporales e intelectuales que padeció su hermano, enfermo de esclerosis múltiple. El libro se divide en doce capítulos y narra los últimos cuatro años de la relación entre Rafael y José María Pérez Gay. Pero no se limita a esos años sino que vincula el presente con los recuerdos que lo habitan y le dan sentido.
De esta manera, a la par del hermano enfermo, el lector conoce momentos de peso en la relación vital entre los hermanos Pérez Gay. Desde que el infante Rafael experimentó la partida de José María a Alemania: “Después de las descargas de mi rifle, mi hermano me leyó una página de Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Esa noche, la víspera del viaje, entre maletas y mortificaciones, aprendí a leer; las palabras, una tras otra, disparaban significados” hasta que un Rafael maduro le desea buen viaje al cuerpo de su hermano: “La bolsa negra, el peor momento; lo metieron y corrieron el cierre. Lo acompañé envuelto en plástico hasta la camioneta de la funeraria. Le hice guardia imaginaria cuando metieron su cuerpo al interior de metales gastados que han transportado muertos y más muertos. Le di dos palmadas a la bolsa. Así de estúpido, pero así de absoluto.”
Entre la capacidad de encontrar sentido en las palabras de un texto gracias a su hermano hasta la sagaz estolidez que produjo en Rafael la muerte de José María, El cerebro de mi hermano es un libro fraterno que nos invita a identificarnos con la narración, ya que nos comparte un dolor que todos hemos vivido o viviremos.
Las hojas en blanco con las que termina cada sub capítulo son un descanso visual al lector y un símbolo del aire fresco que necesita respirar Rafael para aquilatar lo vivido.
Pero no creas, Rafa, que El cerebro de mi hermano es un libro deprimente, es un carpe diem a cucharadas, pues aunque tu homónimo Pérez Gay nos hace partícipes de su dolor al ver al hermano disminuido: “Los últimos meses de su vida, Pepe no recordaba: así murió la primera vez, caminando a ciegas, sin saber quién era” (127); también nos conmina a gustar el zumo del día: “Me tomó años entender que la muerte es un hecho cruel que define la vida: sin la conciencia de ese acto sin retorno, nadie comprenderá la índole misma de la existencia; si no admitimos que los días felices están contados, no hay lugar para el placer la diversidad de cosas magníficas que hay en el camino a la tumba” (93).
Porque El cerebro de mi hermano nos recuerda “el olvidado asombro de estar vivos” escribo sobre él, Rafa, y te comento que en José María vi al cuate que fuiste para Orso. Y que tal vez por ello su lectura me cobijó “del tiempo inclemente, del carajo” que se cuela a veces por la ventana que abrió tu muerte, tan rápida que me impidió llevarte por última vez a Orso. “Te espero”, dijiste, pero llegué tarde y solo, porque el cangrejo, ese “trozo de cristal / que brilla como un ascua” había ya expulsado la conciencia de tu cuerpo y, dicen, lo mejor era que tu nieto te recordara como fuiste antes.
Concluyo la presente, Rafa, deseando que en algún momento y lugar te reúnas con Orso, así sea como partículas de polvo que el viento anima, para que vuelvan a jugar como dos enmascarados.
El reparo que se le puede hacer a El cerebro de mi hermano se debe a la eficacia de su estilo, cercano y sin pedanterías, que Rafael Pérez Gay tiene tan trabajado que podría tornarse cansado y, así, perder su efecto catártico. Lo cual no ocurrió conmigo.
