Tres poemas de Humberto Acevedo.

I

Si tuviera el mar en la esquina de la casa
arrojaría botellas musicales
con noticias de lluvia.
El espejo marino de tanto cielo ventana,
gozo que ahora duerme en mi desvelo;
y si ahogarse fuera necesario,
en el agua asesina brinco
sacrificando sueños augustos.

Pasaría el marino viento desprendido de todo,
pez el mundo huyendo del tiempo,
corazón amar abierto
y mi voz alada de patas azules
frío tiembla en silencio azul.

Si tuviera el mar la briza mía,
desmayados mis pulmones
juveniles florecerían profundos.

¿Cómo voy a recoger las canciones
en el inmenso mar de la ausencia?

La muerte naufragando,
brizna eterna en el árbol de la vida.





Caja vacía de Eduardo Chillida.


II

Nada me vacía de todo.
D e s a p a r e c i d o
en mis ojos oscuros,
a mirar llegue la negrura:
tragaluz el fuego quemado,
olor que oigo sin oir
en el hueco instante de latidos.

Oculto el pensamiento
en la memoria del olvido
viento en las colinas
girando ahora vacío,
perdido frente a frente
veré qué hacer sin mí.

Vuelvo a empezar ahora,
no como yo,
sino la inmortal poesía:
olvidaré la pulpa solar,
arrancaré el polvo frutal
y empujaré la nada
al nido de la ausencia.

Nada es aun sin la muerte.

 

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Obituario

 

Yendo a casa desandaba

pequeños pasos con la andadera,

caía un aguacero de oscuridad

que hacía angosto el día;

 ya sin cielo

ni cuerpo para agonizar,

nació desnuda el alma.

Chorreaba lluvia escampada

con  frío ciego el aire,

nubes hurañas

de un cielo caminante

pacíficas se arrinconaban.

En la cama santos óleos

tendían la eterna muerte.

Vivió un horizonte traído de lejos,

Saboreó el arroyo tibio del llanto.

Bebió dorados néctares de trigales mansos,

Quiso esperar de espalda y callado.

Fue cruz el mundo de la voz,

huella  moribunda, duermevela,

esquelético reino de lo habitado.

Residía en la sana oración

y sus restos ilesos fueron llevados

a coronar

la sencilla hermosura del silencio.

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