I
Si tuviera el mar en la esquina de la casa
arrojaría botellas musicales
con noticias de lluvia.
El espejo marino de tanto cielo ventana,
gozo que ahora duerme en mi desvelo;
y si ahogarse fuera necesario,
en el agua asesina brinco
sacrificando sueños augustos.
Pasaría el marino viento desprendido de todo,
pez el mundo huyendo del tiempo,
corazón amar abierto
y mi voz alada de patas azules
frío tiembla en silencio azul.
Si tuviera el mar la briza mía,
desmayados mis pulmones
juveniles florecerían profundos.
¿Cómo voy a recoger las canciones
en el inmenso mar de la ausencia?
La muerte naufragando,
brizna eterna en el árbol de la vida.

II
Nada me vacía de todo.
D e s a p a r e c i d o
en mis ojos oscuros,
a mirar llegue la negrura:
tragaluz el fuego quemado,
olor que oigo sin oir
en el hueco instante de latidos.
Oculto el pensamiento
en la memoria del olvido
viento en las colinas
girando ahora vacío,
perdido frente a frente
veré qué hacer sin mí.
Vuelvo a empezar ahora,
no como yo,
sino la inmortal poesía:
olvidaré la pulpa solar,
arrancaré el polvo frutal
y empujaré la nada
al nido de la ausencia.
Nada es aun sin la muerte.
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Obituario
Yendo a casa desandaba
pequeños pasos con la andadera,
caía un aguacero de oscuridad
que hacía angosto el día;
ya sin cielo
ni cuerpo para agonizar,
nació desnuda el alma.
Chorreaba lluvia escampada
con frío ciego el aire,
nubes hurañas
de un cielo caminante
pacíficas se arrinconaban.
En la cama santos óleos
tendían la eterna muerte.
Vivió un horizonte traído de lejos,
Saboreó el arroyo tibio del llanto.
Bebió dorados néctares de trigales mansos,
Quiso esperar de espalda y callado.
Fue cruz el mundo de la voz,
huella moribunda, duermevela,
esquelético reino de lo habitado.
Residía en la sana oración
y sus restos ilesos fueron llevados
a coronar
la sencilla hermosura del silencio.
