La historia del café americano ✱.

Por Javier Molina, poeta y escrito mexicano ( 8 de noviembre de 1942 – 29 de marzo de 2021, san Cristobal de la Casas, Chiapas).

Que descanse en paz.

Así no se puede. Quieres cruzar la calle y atraviesan millares de autobuses, de automóviles, de motocicletas, bicicletas y patines del diablo. Quieres dar un paso más allá de la banqueta y se deja venir el gigante trolebús que te quita el paso y la pared de enfrente. Así no se puede. El trolebús se planta como el árbol de tule de Oaxaca y apenas si a través de dos ventanillas paralelas logras ver la mano de ella que se agita al otro lado de la calle.  Pero basta con que el trolebús avance un centímetro para que ya no puedas dirigir la mirada hacia otra parte, hacia el Gran Premio, que así se llama el café que permanece a tus espaldas, o un poco más a la derecha, donde está la confitería.

Esta es la calle de Antonio Caso, aquí vive Renato Leduc y aquí está el Sindicato Mexicano de electricistas y también el hotel Muy, también la ANDA. Teatro, hospital restorán y lo que guste, estamos para servirle, si es usted un actor, no inserto en la concepción behaviorista de la sociología de Talcott Parsons, ni según el amplísimo concepto de Honorato de Balzac, sino más bien con el criterio de plano más humilde de don Andrés Soler. Aquí también está la Gran Panadería La Campana. Y

–Joven, deje ya de ver la calle. ¿no ve que no deja usted pasar?

–La banqueta es ancha, camarada, aquí le queda un rinconcito. Y no me refiero a ese albañal, sino al espacio de aproximadamente cincuenta centímetros que al parecer le da champú.

–¿está usted loco?

–¿Quiere comprobarlo? Le invito un cafecito, al fin que yo no más iba al otro lado de la calle…

–Son las tres de la tarde. ¿Usted no come?

–Clarín. Sí como. ¿cómo no?

–¿Qué le pasa?

–Uhhh…

–Se me hace que usted no está loco. Solamente le falla…un poquito.

–Carajo, maestro, yo estoy en cuarto año de Sociología, ¿le bastaría con una somera explicación del paradigma de Merton?

–Mejor lo dejo hablando solo.

–Solapas.

De ellas te debí haber zarandeado, maldito, como un acto previo a la madrina, pìenso, mientras siguen pasando, rechinando, volando, estorbando, frenando, chocando, derrapando y rimando cláxons t remando en el vil cemento los malditos carros:  Mustangs, Volkswagens, Ford, Chevroletes, et al. Bicicletas Hércules, motos Harley Davison. Qué patín.

El hilo de mis razonamientos es cortado por una Artes- Taltilco que va lleno, más que de gente, de letreros subversivos.  Es seguro que el chofer avanza sólo gracias a la ventana de la O de ABAJO (EL GOBIERNO) trazada sobre el parabrisas. En la defensa delantera: MUERAN LOS GRANADEROS. En la defensa trasera: FUERA EJERCITO DE CU. Sobre las ventanillas del lado que puedo ver: VIVA EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL. Y en el cuerpo de todo el camión la palabra SOCIALIMO escrita más veces que la palabra FANDO sobreb el cuerpo de LIS del magister Alexandro.

En un claro que me brinda la actitud de un chofer que guarda su distancia puedo ver la mano izquierda de ella colocada sobre su brazo derecho, su mano derecha que llega repetidamente hasta el hombro del mismo lado, que le hubiera sido más fácil comenzar ahora con la mano izquierda y así alternarlas sucesivamente, y que esa especie de ejercicio calisténico denota falsedad en ella, puesto que quiere demostrarme una impaciencia  ciertamente rebuscada.

Dicen los periódicos que todas esas cosas deben escribirse a maquina y en papel tamaño oficio y por una secretaria que vaya a Sanborns y que oiga la Hora Nacional y que el susodicho oficio debe enviarse por los canales correspondientes. (C. Oficial Mayor quiero informarle por medio del presente que me he rebelado en contra del sistema establecido.)

Así no se puede. Se me hace que así no se puede y que ya me estoy cansando de estar aquí parado. Lo que más me pone de mal humor es que a mi diestra está un maldito círculo de metal azul con el dibujo de un camión blanco y, si fuera poco, todavía una palabra; PARADA. Chin.

No me queda más que penetrar al Gran Premio y

–Un café americano, por favor.

✱ Revista de la Universidad de México número 11, julio de 1969.

Deja un comentario