Por: Alejandro Silva Solís, ciudad de México.
A Esa (1)
A Esteban Aguado, que nació en Celaya
A esparcirnos reflejos de raíz
te erguiste por el suelo. Ya semilla
floreces como un sol ventiscando
claridades, virutas de recuerdos:
una tarde como otras que nos diste
tibia manaza acariciándonos
la cara, jugo, gelatina, helado
nomás porque así eras.
Hay fronteras de aire que no dije.
¿Por qué no puedo llorar si cárdenos
tus ojos y tú boca besó el aire?
Rutas de tranvías en tus manos
con tus manos ¡guía mis venas!,
hay puños abrazándome de tierra.
A Esa (2)
A Esteban Solís, que vivió y murió en el D. F.
He perdido tu página, la mía
acerca de tu muerte, ya dos veces.
No sé si soy indigno de escribirla
o si quieras que no te lo demuestre.
Brotaste hace mucho a espolvorearnos
reflejos de ti, raíces sobre el suelo,
y creció como roble tu antebrazo
de anudar lingotes de tiempo y carne.
El hocico a los perros les partías
de escaldantes mañanas a las cinco,
y en La Merced y Jamaica ofrecías
tus longaniza y guacales de chorizo:
“De segunda o primera
según el cliente fuera”.
Luego de marisquerías, de asfaltos
y mujeres y cominos: ya tus ojos cárdenos
y tu boca ya de aire
como un sol aspirando claridades.
Y ahora nomás, pero no menos,
destellas
—cuando miran hacia dentro—
en la luz de los hijos de tus ojos.
Y ahí si no, sí, en los helados
y los jugos o gelatinas que nos dabas,
y en tus venas retando la tersura
de la piel de tu antebrazo,
en tu hosco gesto de cansancio
y tu dolor por otro aniversario:
“El ocho dos,
ya no así yo, llano este estado”.
A Esa (3)
Sin abuela no hay abuelo
esteban del carmen
He perdido tu página, la mía
―Chiquilloooo, chiquillooo…
¿Abue…lito?
acerca de tu muerte, ya dos veces.
―Chiquilloooo, chiquillooo…
¿…lita?
No sé si soy indigno de escribirla
―¿No quieres un jugo de naranja o un helado napolitano?
o si quieras que no te lo demuestre.
―¿Una cucharada de cajeta de Celaya?
Brotaste hace mucho a espolvorearnos
―¡Cómo tú no los pariste, cabrón!
reflejos de ti, raíces sobre el suelo;
―¡Shhh, que aquí está el niño!
y creció como roble tu antebrazo,
―¿Qué niño?
de anudar lingotes de embutidos.
―El que prefieres.
El hocico a la mañana le partías
¡Qué venas tan grandes tienes, abue, como las de Popeye!
y en la Merced y Jamaica ofrecías
―:)
Préstame cincuenta pesos para el taxi, ¿no?
tus longaniza y guacales de chorizo:
―Sí, como no.
“De segunda o primera
según el cliente fuera”.
―Chiquilloooo, chiquillooo.
Luego de marisquerías, de asfaltos
―Chiquilloooo, chiquillooo.
y mujeres y cominos: ya tus ojos cárdenos
¿Quién, ella o él me habla?
y tu boca ya de aire
Y ahora nomás pero no menos destellas
―Chiquilloooo, chiquillooo.
(cuando miran hacia dentro)
―Prepárate para los golpes de la vida.
en la luz de los hijos de tus ojos.
―No olvidaré, que él me dio sus primeros centavos.
Y si no ahí, sí en los helados
Porque tú me animaste a salir adelante.
y los jugos y gelatinas que nos dabas,
―¡“Yo que fui del amor…”, hundido en un excusado sin poder levantarme!
y en tus venas retando la tersura,
―Chiquilloooo, chiquillooo.
de la piel de tu antebrazo,
―Chiquilloooo, chiquillooo.
en tu hosco gesto de hartazgo
―¡Que ninguno de tus hijos te quiera recibir en su casa…
y tu dolor por otro aniversario:
―Chiquilloooo, chiquillooo.
“El ocho dos,
―….échale!
ya no así yo, llano este estado”.
―¡Eres un idiota!
¡Tus puños tan vacíos ya de tierra
―No tengas hijos, güerito…
tierra cuánta abrazándonos los puños
Nadie habla, pero los escucho aquí, acá.
cuántos brazos empuñándonos de tierra!
―Son la…
