Escribo en Garamond.

 

Por Alejandro Silva.

Como ahora, cuando tengo tiempo. Poco escribo: cuando no tengo más salida y no puedo evitarlo o cuando quiero ver mi nombre impreso. Escribo también recados a mi esposa y correos a mis amigos. Otras veces, comiendo tunas y, las menos, sin las manos. En relámpagos de regaderas o chispazos que son lo que busco al escribir y, de vez en vez, me encuentra. Pero por qué escribo cuando escribo lo que quiero, o mejor, para qué. Por qué me escribo, para qué, para quién y cómo.

Concuerdo en que intentar responder esas preguntas es un ejercicio necesario para alguien que dice que escribe pero sus textos se resbalan cual huevos estrellados de un plato inclinado. A lo mejor, la falta de esas respuestas ocasiona que mis textos deriven y se pierdan en lo insignificante. Escribo porque no soy un genio, y porque yo y las personas que amo nos resbalaremos. Porque hay momentos, emociones, ideas y seres que quisiera perduraran para siempre y sé que no es posible. Porque una luz, una toalla, una cobardía, un silencio, me marcan como a un cuadrúpedo con cuernos.

Sí, escribo porque no soy genio y a pesar de que es sitio común decir “nadie es perfecto”, siento que perfectos son los otros, en quienes veo mis carencias. Y escribo para hallar el punto de llegada hacia el que debo caminar, al igual que camino para saber el sentido de mis textos. Porque con cada paso que tecleo descubro que no soy un genio y que los chapoteaderos no son sitios para aerobics. Escribo para que otros, sobre los que también andarán las cucarachas, sepan, si lo logro, que algunos momentos no se perderán aunque terminen puntualmente.

Escribo para que mis letras formen, si no un collar de instantes imperecederos, sí otra más de las gotas que, al reflejar la efímera luz de un automóvil, muestren a algún espectador distraído que el tiempo sobre el que camina es menos frágil de lo que imagina.

Lo anterior no significa que escriba para otros, porque no es así. Escribo para mí, porque me gusta hacerlo y me encanta ser leído —aunque pocas ocasiones he tenido ese placer. Así que escribo para mí, pero nada más por vanidad, no. Escribo porque hay puertas que se caen y que, amén de dejar una casa inerme para el asalto, pueden servir de puente a quien lo necesite.

Quien, qué, cómo, para qué, por qué. ¿Que si estoy abollado? Sí, mi vocho ha chocado diversas ocasiones. ¿Quién no lo está? En dónde, las marcas de esos choques. Tal vez en que a mi padre le ha gustado el vino y no siempre ha sabido controlarse y, de niño, verlo tambalearse me angustiaba; o no verlo llegar en la noche a la hora cotidiana, en poquísimas ocasiones me ponía las arterias de gallina y ácido circulaba por el río de mi pecho. Porque un día, también de niño, lloré al cortarme las uñas y sin saber por qué; y no es el llanto lo que me inquieta sino el porqué sin respuesta. Porque vivir es estar desnudo a la intemperie, escribo. Chance para cobijarme o para servir como un periódico que mitigue la noche a los insomnes. Porque no sé si alguna vez deje de poder dormir.

Hay así mismo sábanas raptadas por el frío que provocan otros golpes en mi carrocería. Hablemos ahora que hay sobre todos una guillotina con disfraz de llamada telefónica con la peor noticia. Digamos, también, que aún si nunca llega así, su inminencia no se aplaca. Pero subamos un poco la vista al espejo roto: observa ahí al niño jugando como no debe. Obsérvalo despertando con ganas de seguir el juego y ver a su madre apenas a punto para no manifestar su deseo. Obsérvalo viéndose sucio, huélelo tomando un baño. Imagínalo cuestionándose: brincando cada vez más alto la cuerda, para cerciorarse de que puede caer en el colchón sin tirar la vara. De esos saltos sale inerme la vara y él, pero también la duda. Y la duda guía su, mí, vida. A cada paso se ilumina otro foquito y así hasta que vuele el vuelo. 

¿Cómo escribo, además de en Garamond en silencio y siguiendo el dictado de mi inocencia? Escribo mal, no como quisiera, menos de lo necesario. Ahora que mi hijo está durmiendo, angustiado por no saber qué voy hacer cuando sea grande ni si obtendré el doctorado ni si éste me dará un mejor empleo ni si podré ser un colaborador asiduo de alguna revista literaria o algún profesor de base en alguna universidad o un pastelero. Escribo con mi futuro, como el de todos, obscuro, pues no tengo el don de la videncia ni la visión para tener un mejor nivel de vida.

Escribo así: sentado en la mesa de la cocina, con los pies fríos, mi esposa enfrente doblando ropa y esperando a que hierva el jabón Zote, para que me lleve los cestos al cuarto de la lavadora. Escribo sabiendo que en pocos minutos despertará mi hijo y tal vez se duerma tarde; escribo con un trabajo de lectura de pruebas pendiente, y una tesis, acariciándome los testículos y, sobre todo, escribo sabiendo que, como una luz verde en el vientre de mi esposa, crece la cuna de otro bebé.

Escribo, porque la luna me mece en su luz, polvo de plata, parodiando a Sabines; y porque es vino, es primo, esbirro, es timo, estimo, con los dedos.                                                                          

Y escribo porque (a pesar de que una vez me aventé, —con todas mis ganas hacia la izquierda queriendo atrapar un balón de futbol americano, de espuma, que un amigo me lanzó en la primaria— sin miedo a lastimarme en el cemento y mientras estuve en el aire, por un segundo, me sentí, me da pena escribirlo, pero es cierto, inmortal) no soy un genio. Me tropiezo a cada palabra y apenas logro acabar sin deudas la quincena. Eso sí, me gusta mucho caminar y cuando he caminado y siento que mi sangre circula con más seguridad en mi cuerpo, el que esté cansado de mí me impulsa, en lugar de comer o beber o dormir, a escribir, como una hormiga que quisiera creer que con paciencia, se formará un mejor lugar para vivir.

Escribo ahora, ya domingo, mientras mi hijo ve “El llanero solitario” en el cuarto chico y mi esposa va a la cocina para traerle un plátano. Él dice “¡Yiija, yiija, yiija!” y, chin, mejor voy a ver cómo está mientras llega mi esposa a seguir viendo la película con él. Pareciera que no me ocupo de él, pero así no son las cosas y no entraré en detalles. Ahora ya no es sábado como en los párrafos anteriores sino domingo, “antes del lunes”, y ya no estoy en la cocina sino entre el baño y el cuarto chico anotando estos garabatos. Hace media hora un gato recién nacido lloraba. “!Papá, men!”, dice, mi hijo, (sí, le digo “mijo”, “pequeño”, “amor” y “corazón”), y algunas veces por su nombre. Ya tengo un café en la mesa, café con leche por supuesto, y acabo de comerme un chico zapote.

Releo el correo electrónico de Antonio y sí, estoy forzado a escribir una cuartilla más. Y lo haré intentando responder qué quiero decir. Bueno, eso claro que depende del escrito. Ahora no seré un tucán penetrando en la cueva de mis razones acerca de qué, por qué para qué escribir, de manera general, pero sí voy a indagar, como metiendo el dedo en mi nariz, por qué un poema que escribí para mi abuelo muerto no ha cuajado. Mis abuelos paternos fallecidos, y mi tío paterno ya ido, del mismo modo que mi abuelo materno muerto han sido motivos de escritura. Sólo ha leído mi familia el texto que escribí cuando murió mi abuelo paterno, hace ya más de veinte años y que se me ocurrió mientras me lavaba los dientes y descubría mi bozo. Le gustó a mi tía materna. Pero además de escribir el poema para mi abuelo materno hace cinco años con el fin de mantenerlo cerca, lo hice porque me sentía culpable por no haber hecho nada para que muriera menos mal. No fui a verlo al hospital tantas veces como hubiera querido ni sé si actué bien cuando, en la sala de los ya sin remedio, me dijo que sus hijos estaban ahí, en la figura de otros enfermos: veía a mis tíos Gerardo, Javier y Chucho. También culpable porque no llegué a verlo morir, por miedo a pedir permiso para salir una hora antes del trabajo, y también por no haber intervenido en una conversación que lo deprimió, en la que se evaluaba la conveniencia de llevarlo a él y a mi abuela a un asilo. Él, creo, murió desencantado, si no del todo, sí  de sus hijos. Mi voz no habría cambiado nada, pero mi silencio me atormenta sólo a mí, y tal vez, habría disminuido un poco el desencanto de Esteban, mi abuelo. Entre lo mucho bueno que recuerdo de él es que una vez me utilizo, para ir, por última vez y cuando ya orinaba sangre (lo que yo no sabía), para escaparse de las garras de mi abuela, acompañado por mí, e irse a la Central de Abastos a comerse un caldo de camarón que seguramente se le antojaba desde hace mucho. Usado, lo vi, mientras observaba si podíamos cruzar una avenida, viendo hacia el horizonte con un gesto que no le conocía.

Me alegro haberlo acompañado esa vez, ya muy débil y delgado, casi incapaz de mantenerse en pie cuando el camión frenó de repente. Pero, así, todo huesos, se agarró y me llevó a donde quería. Según yo iba para cuidarlo, pero en realidad, él me enseñó su voluntad de vivir.

Así que si el poema (en realidad son tres etapas de un mismo poema fallido) en que intenté recordarlo no ha cuajado, es porque no lo recordaba a él sino a mí con él. Y sé que ese no es el chiste.

“Eso, eso, eso, eso”, diría el Chavo de Ocho, y Bugs Bunny completaría la frase con “… es todo amigos”, pues mi hijo quiere ir al parque, debemos todavía sacar las frutas que compramos en el tianguis e ir al supermercado. Además, quiero llamarle a mi padre y aún no termina el “Llanero Solitario” y sé que tendré pocas horas para corregir esto.

 

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