Por: Francisco Erasmo López Ortega
Escribir sobre literatura no es fácil. Sobre todo se debe pensar con seriedad, ya que la mayoría de los lectores que se interesan en estos textos serán siempre personas preocupadas por cómo se escribe. En algunas ocasiones se tiene metodología y en otras ocasiones no. En este momento de tensiones culturales, todo parece ser serio, mas nada lo es. No estamos ni remotamente cerca de construir el aparato cultural serio y formal que un país como este necesita.
Esto tiene una razón. No leemos, no pensamos, no criticamos con seriedad. Los consumidores de los medios abiertos buscan en la facilidad de video-blogger la sensatez del intelecto. Cualquiera pensaría «pero si la red está matando al monstruo de la televisión.» Y tiene mucho de cierto: hoy en día es mejor ver el medio cuando a uno se le antoje, omitiendo la publicidad que a uno se le antoje, consumiendo bajo la responsabilidad individual los avatares que la red ofrece. Sin embargo esto se nos muestra como una falacia.
¿Qué pasa cuando lo que se expone, como un accidente de la inteligencia, se torna en una verdadera maraña de engaños? No pasa nada y eso es lo más interesante. El fin de la televisión como la conocíamos es un hecho. Vayamos más allá. El fin de la internet como la conocíamos tambien está consumado. La diferencia es que de esto nace un nuevo conjunto de posibilidades que leer. Un cúmulo de signos que hacen referencia a una nueva cultura misma que estamos por descubrir.
Ahora, regresemos a nuestro punto inicial: la literatura. Estos signos nuevos se vuelven en enormes símbolos por todos conocidos y por nadie leídos. Qué queremos decir con esto: los libros clásicos se vuelven dires y diretes de la gente que no ha tocado un libro, en un mundo donde la reseña y la consulta a wikipedia se han vuelto la piedra de toque para opinar sobre casi cualquier obra enclavada en la historia.
Esto del facilismo es un fenómeno que no necesariamente nutre las polémicas culturales, pero que sí llena de signos de todo tipo a las redes de corte social. Por ejemplo, cualquiera podría apostar que Rayuela es una obra que habla de amor, y aunque si se aproxima, no lo hace como los memes hubieran querido. Todo el mundo ha citado poemas de Neruda, incluso al grado de poner textos que él nunca creó y cualquiera pensaría que el autor de Canto general, se dedicó en cuerpo y alma a hacer poemas cursileros. Esto por supuesto que no pasó: lo más cercano a un poeta como éste fue Jaime Sabines y casi nadie lo ha leído como se debe.
Por un lado, aparecen en las redes sociales opiniones políticas que generan asociaciones en torno a los escritores y que no corresponden con el estudio de sus obras; pero por otro, genera una expectativa completamente diferente del modo en el que los estudios han presentado a los autores. A Gabriel García Márquez todos lo mencionan, pero muy pocos se animan a leer esa maravillosa novela llamada Cien años de soledad. Todo el mundo lee el símbolo de la cucarachota de Kafka, pero muy pocos han leído este fantástico libro: se comienza a construir una subcultura literaria sin lectores, lo que los vuelve estrellas de mención y concreta algunas reflexiones de ocasión éstas sacadas de los más profundo de frases apócrifas, falsas e incluso maniqueas. Luego de tanto tiempo cualquiera de nosotros se puede responder porque Arjona es tan popular y la respuesta está en que: nadie lee y por lo tanto no critican lo que dicen sus canciones.
No es grato decir que la gente no lee. Parece que los únicos que leen formaran parte de una élite de gente culta cuando tampoco eso es cierto. Lo que es un hecho es que los profesores sufren cada día, de manera más densa, de la ausencia de lectura y se han dado a la tarea de inventarse métodos para evitar el plagio a toda costa, por un lado, y de evitar las maniobras de trampa: copia y pega. Esta mención no es gratuita; o seguimos pensando que leer es para una elite o dejamos a un lado las ideas preconcebidas y construimos nuevas posibilidades para el desarrollo de una cultura literaria vital y afanosa.
El efectismo ha convertido a los escritores en iconos de la vida rosa y figuran en el imaginario colectivo para la comidilla del chisme. Ningún lector, que se aprecie de serlo, va por la vida leyendo y acudiendo a la anécdota ramplona. Eso pone en peligro cualquier reflexión. A Salvador Elizondo se le pudiera condenar en el chisme a ser un hombre violento y misógino. Sin embargo, eso no le interesa a la literatura. Fuera del chisme y de la anécdota, la literatura debe juzgar a Elizondo por sus obras: por la impresionante calidad de una de las mejores novelas del siglo XX: Farabeuf.
Por último, esos signos desnudos, falsos y manipulados no nos sirven para nada, más que para la pose hipster o para la presunción en facebook. Creemos sin lugar a duda que no hay otro camino para referirse a la propia vida y a la cultura que no sea en términos de lecturas bien pensadas y realizadas, antes de que terminemos leyendo y presumiendo frases domingueras, chafas y mediocres de los maestros. Enhorabuena, lo único que nos salvará para siempre es leer.
