“Negándose a recitar” de Gabriel Zaid (breve fragmento del libro Ensayos sobre poesía)

El verso es para leerlo con voz, aunque sea la inaudible de leer vocalizado levemente, porque los versos se presentan al poeta con voz. Es una voz que nadie más conoce. No la que no reconocemos al escucharnos por primera vez en una grabación, ni la que escuchan los demás y nunca conoceremos, porque las grabaciones son espejos
imperfectos, y, en el mejor de los casos, espejos que requieren de un tercero que nos diga que, en efecto, ésa es nuestra voz. La que sí conocemos, esa voz interior, físicamente incomunicable, que nunca más conocerá, es la que escucha el poeta al escribir y la que rige, así, la hechura musical del verso. Lo cual no quiere decir que los
versos alcancen plenamente su valor sólo con esa voz, es decir, para el poeta. Sino que el respeto a esa voz desconocida se impone de algún modo cuando se lee bien., como al interpretar una partitura que puede producir una música fiel a otra nunca escuchada (fuera del compositor).

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